La Sangre de la Alianza
La sangre de la Alianza que nos compromete a Dios y a nosotros
Pasado el día del Corpus, vuelvo sobre las lecturas de ese día en este año.
El pacto de sangre tiene profundas raíces históricas y culturales en diversas
sociedades alrededor del mundo. Se considera un acuerdo sagrado entre dos partes, que
implica un compromiso tan fuerte como la vida misma. Crea un vínculo inquebrantable.
En Gén 15, el pacto de sangre entre Dios y Abraham ilustra la profundidad de este
compromiso. Dios ordenó a Abraham que sacrificara animales, separando sus mitades y
pasando por en medio de ellos, simbolizando su extrema alianza. Este acto creó una
relación inquebrantable, fundamentada en la promesa divina de hacer a Abraham padre
de muchas naciones y en la fe de Abraham a prueba de todo.
El relato del libro del Éx 24, describe que la sangre de los animales sacrificados
en comunión de lo divino con lo humano, es derramada sobre el altar, (la parte divina) y
es rociada sobre el pueblo (la parte humana), pronunciando estas palabras: “Esta es la
sangre de la Alianza que el Señor ha concertado con vosotros, de acuerdo con todas
estas palabras”. Dios se compromete a guiar al pueblo y salvarle de sus peligros con sus
palabras, serán su Palabra, Ley, Voluntad, y las da a conocer. El pueblo, a su vez,
cumplirá escuchando y obedeciendo.
Pero el pueblo no cumplió. Y los sacrificios ofrecidos en el templo recordaban
que había una alianza y debían ser fieles con sus vidas. Pero los sacrificios rituales de
animales perdieron ese significado de comunión de vidas, y fueron cayendo en meros
ritos sustitutorios, que se ofrecían en lugar de nuestro compromiso de vida con Dios y
los hermanos. Era el pago, el costo, el precio por nuestros pecados. Lo que era don y
comunicación de vida por parte de Dios, se convirtió en mérito y pago del hombre, de
los hombres que podían pagar. Jesús denunció esta perversión de los sacrificios al no
hacer Él ningún sacrificio ritual y al expulsar a los mercaderes del templo.
Esta perversión de los sacrificios rituales, su pasar de ser dones de comunión, a
precio humano que se paga por contentar a Dios, perduró más allá de la muerte y
resurrección de Jesús. Y demasiadas veces en la historia del cristianismo se ha
explicado la muerte de Jesús como el precio que había que pagar por nuestra redención.
Pero ¿quién pedía ese precio? No Dios, que se nos había dado todo en su Hijo Jesús por
amor, para ganarnos con su amor y su perdón. El precio, el pagar, lo pedía nuestra
cabeza, nuestro lógica, demasiado humana, no divina.
Por eso, Hebreos nos recuerda que Jesús no ofreció la sangre de sacrificios de
machos cabríos o becerros, sangre sustitutoria para salvar la propia vida, sino la suya
propia, la de Jesús. Lo que hacía que la entrega de su vida por amor dejara de ser
sacrificio para ser don, auto-donación de amor.