La tormenta cesó y vino una gran calma

La tormenta cesó y vino una gran calma
«Maestro, ¿no te importa que perezcamos?». Se puso en pie, increpó al viento y
dijo al mar: «¡Silencio, enmudece!». El viento cesó y vino una gran calma (Mc 4,38-
39).
Así no cesan las tormentas entre nosotros. Sentimos miedo como los discípulos y
aún nos falta fe. Pero Jesús actuó entonces para que podamos resistir hoy en la fe sin
que se solucionen las cosas así. Los discípulos experimentamos la zozobra de las
tormentas en el mar agitado de nuestro mundo. Jesús nos invita a pasar a la otra orilla
con él y vivir momentos de intimidad. Pero en la travesía hemos de contar con las
tormentas.
Sabemos que existe la otra orilla con Jesús, cuando el reinado del Amor de Dios
se nos ofrece como compasión, ternura y paz. Pero de momento estamos en la travesía y
es posible que las tormentas arrecien. A esta luz, escuchemos las palabras del corazón
del Papa ante algunos de los poderosos de este mundo, reunidos en el G7 en Italia:
«Ustedes son los líderes de sus países, de los más grandes y poderosos países del
mundo. Ustedes son los amos del mundo. Para lo bueno y para lo malo. Y de sus
decisiones depende el bienestar o el malestar de la gente, sus vidas y la vida de nuestra
Casa común.
Quiero pedirles, con angustia, con dolor, con lágrimas (si Dios me concede ese
don) que consigan la paz. No les digo que luchen por ella o que la busquen. Ya no
estamos en esos momentos. Les pido que la hagan. Que hagan la paz: que la firmen, que
la instauren, que se callen las armas y que dejen de matar a madres, ancianos y niños
inocentes. ¡Basta ya, por favor! ¡En nombre de Dios, hagan la paz!
Paremos esas guerras insensatas, que son una locura: La de la martirizada
Ucrania, la de Palestina e Israel, la de Myanmar, la de Sudán del Sur y tantas otras
guerras a pedazos que ensangrientan nuestro mundo. Párenle los pies a la industria
armamentística, que está ganando fortunas a costa de sembrar el mundo de cadáveres.
Paren ese comercio ilícito y mortal. Construyan un mundo en paz, donde no reine la
miseria ni la pobreza».
Ante las palabras de Jesús: “Silencio, enmudece”, el viento enfurecido cesó y el
mar calmó. Ante las palabras del Papa: “¡En nombre de Dios, hagan la paz!”, las guerras
y las tormentas aquí y allá continúan. Los cristianos volvemos a la eucaristía para
escuchar las palabras de Jesús y renovar nuestra fe: No temáis, la paz llegará, si se tarda,
espera y actúa en su favor.